Ante la muerte del dictador Augusto Pinochet, nosotros como FAI, consideramos que es un deber manifestar nuestra opinión, nuestra perspectiva en relación a todo lo que ha girado en torno a su fallecimiento.
Primero, como movimiento político que busca nuevas visiones para la izquierda, nuevas formas de hacer política y nuevas formas de entender nuestro accionar, consideramos que no hay nada por el que alegrarse ni por el que entristecerse por la muerte de Pinochet.
Tal como gran parte de la izquierda autoritaria ocultaba sus raíces totalitarias planteando que la culpa de la dictadura soviética caía en la mera imagen de Stalin (olvidando todo el aparato estatal que en nombre del socialismo se constituyó más de setenta años reprimiendo a la población), hoy gran parte de la derecha y la concertación tapan sus errores, sus complicidades, sus acuerdos y monotonía tras la imagen del muerto dictador. La imagen de Pinochet se ha convertido en el enemigo perfecto para todo el statu quo de la política chilena (ese fome, aburrido, y hasta con ciertos toques de snobismo, estatu quo chileno), Pinochet es la antítesis de la democracia liberal, odiar a Pinochet es, y ahí yace el truco, amar nuestra recuperada democracia.
Pero existe otro enemigo hoy más peligroso que el viejo rancio autoritarismo tercermundista que aún defiende una que otra anciana con pancartas. Existe un Otro que no se ha mostrado, y que por el contrario, aún se oculta tras los festines o velorios en nombre del dictador. Ese Otro es la democracia que nos han entregado, esa democracia vaciada de contenido y profundidad que se sostiene mediante meros procedimientos de elección de elites que no gobiernan, sino que administran el poder instalado desde 1973 de los grupos económicos, de los mismos que organizaron el golpe de Estado y hoy organizan una segunda Agenda Pro Crecimiento con nuestra presidenta (la historia también se da el tiempo de brindarnos ironías).
Todos rechazamos a Pinochet, es cierto, pero no somos nosotros los que debemos mirar al pasado para autoafirmarnos, no debemos ser nosotros los que tengamos que justificarnos apelando a un pasado ilusorio (¿no nos dicen siempre los gobernantes que ellos nos trajeron la democracia y por lo tanto se merecen pleitesía?), por el contrario, nuestra visión de jóvenes de Izquierda tiene como esencia la creación, la constante innovación a nuevas formas de participación, de construcción. Si hemos recibido una democracia donde el 90% de nuestros días los pasamos en espacios donde nuestra opinión no tiene validez y las decisiones las toman otros (escuela, universidad, comuna, medios de comunicación, cultural, fábrica, suma y sigue), ¿no debemos en vez, de ir a rememorar la muerte de un anciano asesino, muerto previamente por la historia y utilizado como pantalla por otros, reconstruir ese tejido social eliminado por la dictadura y la democracia liberal actual, reconstruir esos espacios locales de participación deliberativa entre iguales para generar una fuerza social nueva, libre, en fin, realmente democrática? ¿no debemos en vez de retomar viejas fraseologías, viejos conflictos, comenzar a vislumbrar nuevos problemas, y buscar sus soluciones? Quizás nuestro discurso real, concreto, deba ser nuestra práctica constante, día a día, de avanzar en la democratización de nuestros espacios, de no ser representantes de nadie (“me cago en las vanguardias” decía el Sub Marcos), sino colaborar para que cada uno sea su único gobernante. La tarea hoy no es disfrutar en un acto casi escatológico en relación a Pinochet, sino comenzar a pensar una nueva izquierda para nuevos tiempos, una nueva estrategia de cambio social en una época donde “nuevas cuestiones sociales” comienzan a resurgir.
FAI.
11 de diciembre de 2006
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